
No sé qué hago escribiendo, ni si la melancolía me inundará, si es bueno o malo, o la tristeza se apiadará de mi y volará a otro lugar. No sé que hago aquí sentada plasmando algo que hiere, quema y mata, ni cual es la razón o motivo… no lo sé, pero aquí estoy firmando una carta de despedida que guardaré en el cajón del olvido.
Un 4 de enero llegaste a mi vida a través de la poesía, y dicen que todo pasa por algo, pero yo no alcanzo a ver cual es el motivo para que llegaras a mi vida.
No, suelo aceptar extraños, pero te acepté, entré y descubrí. No me gustó mucho lo que había ni imagen, ni perfil, ni otras cosas que te definían, y de nuevo de forma extraña no te eliminé.
El 5 de enero hablaste cruzaste conmigo una pequeña frase. De ahí en adelante, hablamos, compartimos, desaparecimos, volvimos, y después de la ausencia, se hicieron lazos que para mi fueron más fuertes, lazos de cariño que en mi persona eran sinceros y según tú me expresabas, sin duda para ti era ya una atracción.
Así poco a poco, fuimos acercando caminos, alejándolos de vez en cuando también, pues en lo que éramos iguales, la mayoría de cosas, éramos almas gemelas, pero en lo que éramos diferentes, habían abismos entre los dos.
Hasta que llegó un día que solo esperaba tus frases, como el sediento que en el desierto espera llegar a un oasis. Esperaba incluso tu desatención que era más que evidente en varias ocasiones, pero prefería una conversación contigo aunque no estuvieras entero para mi.
Circunstancias de la vida, me llevaron a acercarme de nuevo a ti, y aunque de nuevo tu desinterés era evidente, en ese momento yo también había perdido ya la magia que se había ido creando día tras día.
Al final se dio, vino el primer beso, o roce quizás, porque tu mano se paró con fuerza en mi cintura, aunque tus labios a penas rozaron mi mejilla y los míos dispararon directos al aire. Supongo para todos el primer beso es aquel en el cual se demuestra pasión, es aquel que va directo a unos labios anhelantes, a una satisfacción relacionada más con lo sexual, sin embargo, si a un infante le preguntan cuándo besó por primera vez a su “pareja” describirá de forma más emocionante, más satisfactoria, e incluso de más pasión, aquel beso en la mejilla de lo que jamás un adulto podrá disfrutar con cualquier beso más carnal. Y puede que eso resuma todo, siendo mujer, siendo adulta, siendo madura, me entregué como una niña inocente.
Tu imagen me sorprendió de forma non grata, eras diferente. Sin embargo, solo tuviste que sentarte frente a mi, coger entre tus manos ese amargo café, y charlar de todo un poco, desplegar la sonrisa más bella del mundo, y seguir y seguir y seguir hablando. Creo que nunca he hablado tanto con alguien que a penas conozco, creo que nunca antes, nadie había captado mi atención hacia sus pensamientos de forma tan rápida, y mucho menos durante tanto tiempo.
Así se fueron cayendo los minutos del reloj, y colgándose las palabras de ellos, hasta que la noche aterrizó con su manto que algunos llaman fúnebre, pero a mi me parece de los más bellos.
Me puse nerviosa, no sé por qué, quizás intuía, no lo sé porque no me dabas motivos para deslumbrar lo que venía, pero el corazón se aceleró, incluso tuve algo de sed, durante unos minutos me quedé muda y ahí nos quedamos solos mientras yo me negaba a mirarte, pues nada quería que pasara, mi intención estaba muy lejos de ello. Pero te acercaste por el costado sin dilación, sin darme tiempo al retroceso, me agarraste la mano, y la echaste hacia atrás de mi espalda a la altura de lo que denominamos riñones, y dijiste: -“Ya sé que no lo querías así, pero no puedo esperar más”. Bajaste tus labios rápidos para atrapar los míos, y de nuevo como una niña inocente no supe escapar, quizás tampoco quería hacerlo, aunque para nada quería esa situación. Lo primero que pensé es “Dios, esto va a ser una complicación que yo no quiero, debo pararlo”, lo segundo “quiero que me vuelva a besar”.
En medio de mi contradicción ahí estabas después del beso, frente a mi, mirándome a la cara, la mano aún atrapada y yo mirando tu pecho por vergüenza. Jamás había sentido vergüenza después de un beso. Balbuceaste algo, y noté un tono diferente en tu voz así que supuse que también estabas nervioso, quizás por ti, quizás por mi. No escuché lo que decías, estaba perdida en algo parecido al miedo, pero no era miedo, era más tierno, menos cruel que el miedo, pero que te deja igual de indefensa, igual de carente de ideas y reacciones, es eso que llamamos inocencia, que creo que no tuve ni cuando era un bebé, pues las circunstancias me obligaron a crecer demasiado rápido, sin embargo, ahí estaba invadiendo mi espacio, mi ser, mi mente, esa repugnante y tierna inocencia que rara vez en mi vida había experimentado. Acto seguido dijiste: “sé que te hubiera gustado que el primero fuera en el castillo, pero de veras no podía esperar más”, entonces yo contesté,: “yo no esperaba nada de esto, no vine con la intención de que nada pasara”… el primero? El primero había sido ese efímero, suave, y casi inexistente beso lanzado a la mejilla que de alguna manera que no alcanzo a entender, ya desmontó todo mi ser, ya bombardeó mis defensas, dejando graves agujeros en mi alma para que fuera avasallada. El primer beso fue ese infantil que como una mariposa revolotea en todo tu ser y penetra hasta el inconsciente, fue suave, como la más dulce de las caricias, fue el beso que me obligó a ser más fría de lo que habitualmente soy para volver a levantar defensas y evitar algo que a toda costa no quería que pasara. Fue el beso que sonrojó mis mejillas, que me acercó tu olor.. ¡tu olor! El más dulce de los néctar que habitará hasta el fin de mis días en algún rincón de mi alma, donde el latido del corazón no pueda entrar.
Ahí estaba entre tus brazos, cuando se dio ese segundo beso. Luego todo fue muy rápido, yo siempre fui pausada, pensante, lenta o tardía quizás, todo lo razonaba, todo experimentaba que me causaba, siempre pensaba en las consecuencias, sin embargo, ahí estaba e iba más rápido que nunca, simplemente dejando que pasaran cosas que no llegaban a entrar en mi mente, que solo se quedaban en mis sentidos por los cuales jamás me había dejado guiar. Cosas que no entraban en la mente, pero se iban colando en el alma, en el corazón, recorriendo mi cuerpo en la sangre, en la piel e incluso en la raíz del pelo, hechos que penetraban en la primera inocencia sensual de mi vida. Todo mi ser te sentía, ni siquiera ahora sé cómo explicar lo que tú me hacías sentir, las vibraciones de mi cuerpo ante tu simple sonrisa, el encender de mis mejillas ante la visión de tu pecho.. ¡Tú pecho!. Él era como un imán que nada más dirigir mi mirada hacia él me encendía, deseaba poseerte de forma irracional en donde fuera, que iluminaba con destellos de deseo mi mirada, al mismo tiempo, era mi morada, el lugar donde más segura me sentía, más relajada, la almohada donde mejor dormí, la calidez que llegaba a todo mi ser.
Sin embargo, nada de eso era importante, o todo era importante porque cada emoción interna o externa en mi, no venía de tu cuerpo, sino de tu pensamiento. Eras como si yo te hubiera dibujado para mi, las mismas inquietudes, casi los mismos pensamientos, gustos, la sencillez dentro de tu complejidad, el disfrutar de las pequeñas cosas de la vida sin necesidad de tener algo más allá que lo suficiente para comer, la literatura, la música. Te admiraba en muchas ocasiones, y admiraba que lucharas contra todo y todos por alcanzar tus metas, lucha que sabía que para ti era dura, e incluso creo que en alguna ocasión te habrás planteado si merece la pena las caras largas al llegar a casa, sin embargo, admiraba tu entereza para seguir y conseguir tus metas a pesar que doliera. Te quería a ti, a quien parecías ser, a tus pensamientos, incluso los que eran contrarios a los míos, pero me enchisaba como los exponías, me perdía en tus ojos cuando relucían si explicabas algo que para ti era importante, si recuerdas, incluso un día en ese banco me quedé tan perdida en ellos que perdí la noción y el hilo de la conversación, ese nefasto día que fue el final para nosotros. Ese día, me perdí en las tonalidades, pero sobre todo me perdí, porque reflejaban en ellos una luz diferente, una luz apagada de tristeza, en la que intuí que algo pasaba, algo que pregunté, pero no fuiste sincero, sin embargo no insistí porque no quería invadir ese espacio al cual no me permitías entrar, y dolió, dolió mucho que no hubiera esa confianza para explicarme qué es lo que pasaba de verdad. Pero me enamoré de ti, no solo de tus virtudes que creía que eran muchas, sino también de tus defectos como esa muralla inquebrantable.
En fin me enamoré de ti, de quien habita dentro, creí conocerte, y por eso sabía que ese día pasaba algo más de lo que me decías, porque tus reacciones en tan poco tiempo eran evidentes para mi porque me tomé el tiempo de intentar conocerte hasta donde tú me dejabas pasar, aunque era a un trayecto corto del gran recorrido por tu ser el que permitías que transitara, aunque nunca o rara vez tuviste la confianza en mi para hablarme de tus problemas, de lo que te estaba pasando esos días. Pensé que eras un buen hombre, solo que tú aún no lo sabías, y los que te rodeaban no te hacían un favor juzgándote siempre. Intenté tenderte una mano a lo que pasaba, pero cuando intentaba acercarme a ese rincón maldito donde guardas “tus cosas” que deberían haber sido “nuestras cosas” te cerrabas en banda, cambiabas de conversación o simplemente decías algo que no era del todo cierto, y yo me retiraba, pues siempre pienso que se debe de respetar los límites, aunque duela, aunque hablen de desamor, de desconfianza, o de mentira. Ahora sé que no podías decirme ese 13 de agosto lo que ocurría, porque habían demasiadas mentiras, mentiras que hacía unos días empecé a descubrir, y entre ellas, me habías dicho que eras libre, y yo te creí,
Por eso confíe en ti, a pesar que todo decía no es sincero, su interés en mi solo es de palabra, rompí lanzas a tu favor, adapté esos días a lo que te sobraba para mi, pero igual confíe porque intenté conocer a Pablo, al Pablo que aún nadie había descubierto y que sé desde lo más hondo de mi ser, que existe, que es especial, y que quizás está tan encerrado en si mismo, que no sabe confiar en nada ni nadie, que actúa como ha aprendido a actuar para que pocas cosas le dañen, pero que igual le dañan y se las calla, que es muy suyo para sus cosas quizás porque desde pequeño no sintió el apoyo o la calidez de un verdadero abrazo, que pide que se abran a él y confíen pero el no se abre ni mucho menos da esa confianza, en fin, se podría decir que un ser algo deshumanizado. Me enamoré de esas inquietudes, de esos defectos, de esa forma de pensar, y después vino todo lo otro, la añoranza de ese cuerpo, esa sonrisa tan bella, ese pecho desafiante….
Después todo fue rodado, era más importante lo que fuera que había pasado que yo, querías huir de mi lado, y dolió, después no contento con anular ese día con una tonta excusa, querías anular la noche del día siguiente, y era obvio que si anulabas esa noche también ibas a anular la mañana pues jamás venías antes del medio día. Ese era mi día, y poco a poco lo desmontaste. Pocos días antes, yo había cedido parte de un día contigo, para comprar ese maldito regalo, y así al día siguiente tuvieras más tiempo para estar con los que realmente quieres. Me hubiera resultado fácil decir, no hoy lo pasas conmigo, y mañana ya comprarás el regalo como tú propusiste, pero sé que te hacía feliz pasar más tiempo con ellos, y que al día siguiente no te ibas a levantar pronto para comprarles el detalle. Por tanto, perderías toda una mañana de disfrutarlos. Así que pese a que casi no teníamos tiempo para nosotros y cada vez lo dilapidabas más, pese a que deseaba con toda fuerza pasar esa tarde contigo sabiendo que mi tiempo estaba limitado a una semana más, sé que te hacía más feliz estar al día siguiente más tiempo con ellos, y si tú eras feliz, yo lo era. Así que propuse “perder mi tiempo”, cosa que al contrario jamás hubiera sucedido, para cederles a ellos y a ti ese tiempo, ir a comprar contigo el regalo, porque para mi es importante ver la felicidad de un niño pero ante este caso, no solo era la de ellos, sino la tuya misma. Me quedaba mirando cuando mirabas los regalos, tus emociones para ver cual querías para ellos, fue evidente. Así que no me lo pensé siquiera. Confié en ti y si cabe te amé más que nunca, aunque no alcances a entenderlo, pero viéndote ahí, viendo tu emoción o fastidio, tu renuncia o lucha, por quienes realmente amas, te amé como nunca, te amé por primera vez, y deseé que algún día me amaras igual.
El lunes siguiente todo quedaba descubierto bajo la inocente pregunta de tu amiga de “¿tú también tienes pareja?”, el desplante del día anterior, en el que según tú estabas mal y no querías que te viera así.. y entonces para ti qué es una pareja? Con una pareja se comparte lo bueno y lo malo, se habla, se explica lo que inquieta, lo que duele, lo que jamás se hace es atacarla o tratarla como una paranoica, apartarla de ti cuando necesitas más que nunca su apoyo… pero claro, yo no era tu pareja, tu pareja, era otra.
Se cayó todo, fue herida mortal la pregunta inocente, ver que me desplazabas cuando todo te iba mal si es que era cierto que estabas mal el día anterior, ver que te importa más su dolor que el mío , hacerme saltar mis principios con una mentira de libertad, mi dignidad delante de todos haciéndoles creer que yo lo sabía. Todo empezó a desquebrajarse ese día, y la patada del 13 lo hizo todo añicos. Maldigo el día que cedí mi tiempo para darle tiempo a una mentira, maldigo el día que me apartaste cuando más me necesitabas, maldigo el día que oí esa pregunta, y maldigo el día que empezaron tus mentiras, tus desplantes y degradaciones.
Luego, dejarme tirada, de la forma que lo hiciste, sin nada, nadie a quien acudir en esa ciudad, fue todo un calvario. Me dolió, lloré como nunca, me asustó poder perder todo, trabajo, dinero que no tengo, .. todo. Te llamé hasta la saciedad, te dejé mensajes y nada. Cuando ya conseguí por fin que alguien me ayudara, pensé que igual te podía haber pasado algo, porque no creía que fueras tan poco humano, simplemente en el fondo quería seguir creyendo en ti, sin embargo, en cuanto estuve delante de un ordenador, tuve la prueba evidente de quien eres. Me habías quitado de tu vida, no solo no te importó la posibilidad de hacerme perder todo, sino que me habías eliminado de tu vida sin ningún miramiento, sin ningún remordimiento, sin mirar atrás, aquel que decía que en solo una ocasión había dicho que amaba, y que sin embargo a mi me lo había dicho dos veces, me había apartado del todo de su vida. No solo había sido poco humano esos dos días conmigo, poco empático, o compasivo, sino que de un plumazo, no era nada, y había que apartarme quizás por el temor a que publicara lo que habías hecho. Sí sé que yo fui quien te echó de mi vida, pues me quiero lo suficiente para no ser una mentira, pues no me gusta hacer lo que no me gustaría que me hicieran, y sobre todo odio la mentira, porque una pareja tiene que tener cuatro pilares que jamás pueden dinamitarse como tú hiciste, que son la sinceridad, la lealtad, la fidelidad y el respeto y fuiste pateando todos, y por tanto, pese a que te quiera, debía acabar con todo eso, pero jamás pude pensar que sabiendo que tengo motivos y razones me castigaras de esa manera, me destruyeras no dándome lo que era mío, dejándome sin recursos, sin nada.
A día de hoy lo necesito más que nunca, sin embargo, te lo regalo, supongo que debes tener una buena razón para no dármelo, como que algo te vaya mal y no me lo quieras contar, porque no puedo entender que solo sea por crueldad. Ves soy tonta, aún confío en que ese ser que creí ver exista, y haya un buen motivo para esto. Es igual, te lo regalo, de alguna forma lo sacaré de otro sitio, y solo deberías habérmelo pedido, haber confiado.
Estás perdonado, aunque en vez de pedir perdón humildemente, y sabiendo que tengo razón, hayas intentado pisotearme, girar la tortilla y hacerme a mi culpable. Igual estás perdonado solo por como me hiciste sentir la primera semana y a pesar que fuera mentira. Aunque ya lo hice, vuelvo igual a pedir perdón por esa atrocidad que dije.
No sé cómo se dio en tan poco tiempo, pero en esa primera semana, me hiciste sentir mujer como nunca me había hecho nadie sentir. Fuiste como un destello de luz en el desierto, como una mirada furtiva adolescente, como una medicina nueva para el que está muriendo, como un soplo de aire fresco en el ecuador, lo fuiste todo que llenó la nada, fuiste el agua que cae en tierra árida, y solo por eso, y a pesar del dolor y el desengaño, siempre agradeceré haberte conocido.
No sé qué hago escribiendo, ni si la melancolía me inundará, si es bueno o malo, o la tristeza se apiadará de mi y volará a otro lugar. No sé que hago aquí sentada plasmando algo que hiere, quema y mata, ni cual es la razón o motivo… no lo sé, pero aquí estoy firmando una carta de despedida que guardaré en el cajón del olvido.
